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martes, 9 de junio de 2009

Perfección mortal


¿Por qué buscamos la perfección? ¿Creemos acaso que eso nos va a proporcionar la felicidad que pueda faltar en nuestras vidas? ¿Puede ser que pensemos que en la perfección está lo recomendable, lo que nos conviene? Quizá sea así, quizá pensemos que lo bonito está en los cuentos de hadas en que todo sale a pedir de boca. Es probable que nos dé cierta satisfacción el ver que las cosas pueden salir bien, y que quizá los próximos en vivir una fantasía perfecta no seamos otros sino nosotros, no obstante, no solo de esperanzas se vive. O lo que es lo mismo, sólo de ilusiones no viviríamos más que de noche, perdiéndonos entre nuestras sábanas y dejando vagar la imaginación hasta los límites de lo posible y deseable. Son nuestras ansias de superación las que nos llevan al cambio. Tratamos de mejorar, de aumentar en valentía, aumentar en dinero, en poder, en alegría, en felicidad, y si lo hacemos es porque creemos que podemos mejorar. Podemos mejorar nosotros, podemos mejorar el mundo o podemos mejorar ambos, a la vez o no. Se trata de la sombra de la fuerza. El motor que permite la variación a través de una línea recta. Tenemos el lugar en el que estamos y el lugar al que queremos llegar como puntos de referencia. Barbaries han tenido lugar por esto, es cierto, pero también logros impensables han sido alcanzados, así pues, todo depende de cuánto se esté dispuesto a escatimar en medios para lograr el objetivo final o, siendo totalmente correctos, en la moral empleada en el transcurso de esos puntos medios requeridos.

Esta fue la motivación de Jarvia. Estaba solo en la vida, y llevaba mucho tiempo así. Nunca había sido una persona especialmente sociable, nunca había llegado a formar una familia, y la suya, pequeña como pocas, hacía tiempo que había abandonado este mundo. Tenía poco más aparte de su insulso y poco gratificante trabajo, que ahora realizaba con la monotonía habitual en él. Las hojas con una cantinela aburrida se movían de una en una aposentándose en una pila que iba cobrando altura a medida que más y más papeles eran revisados. La tinta empapaba la pluma y con minuciosidad y pulcritud se iba depositando en trazos firmes pero carentes de carácter en las hojas. Babel iba creciendo de la mano del contable mientras la muñeca observaba la caótica y pintoresca construcción, impasible. Por eso había decidido adquirir aquella muñeca, por su soledad. Había decidido que no quería estar solo desde el primer momento, pero no sabía cómo llevar eso a cabo. Sucedió que, llevando la contabilidad de un tal Monsieur D’abarie descubrió un hecho muy curioso, a partir de cierto día los ingresos del mismo disminuyeron de manera notable. No llegó ni mucho menos a dejar de ser rentable, pero sí fue un pico que se encargó de investigar. A través de pesquisas y preguntas varias llegó a averiguar que coincidía con el establecimiento de un nuevo juguetero a la ciudad, procedente de Italia. Esto en sí mismo no le habría supuesto ninguna novedad y problema, pero los que le hablaron de esta tienda también le hablaron de que los juguetes eran un portento. Que eran piezas únicas con personalidad propia.

Era poco dado a este tipo de imaginaciones y fantasías, pero tampoco tenía nada que perder y, en el peor de los casos, acabaría con un juguete en casa. Había escogido aquél día en concreto porque no quería que nadie le viera en su transcurso, y era obvio que había acertado, nadie salía en aquella ciudad esos días. Por esto tenía entonces a su muñeca encima de la mesa, a la que su vista se desviaba involuntariamente en varias ocasiones. Había decidido hacerla feliz.

La tomó en sus brazos, dejando de un lado la incontestable mole de origen arbóreo y color blanco que le amenazaba con su sombra. Miró su aspecto, su triste sonrisa y su fragilidad aparente. Quería solucionarla.

-¿Qué necesitas para ser feliz? –le preguntó, sintiéndose estúpido.

De repente, sintió que conocía la respuesta. De repente, sintió que todos los otros juguetes de Umberto debían desaparecer.

sábado, 23 de mayo de 2009


Difícilmente se puede saber lo que piensa un juguete. Podemos intentar averiguar cómo se tomará las cosas una persona, porque comprendemos el mecanismo de los sentimientos y las emociones, pero no de los juguetes. Los juguetes son creados por las personas, y cómo tales tienen lo que se les ha querido dar, pero siempre hay algo que sobrepasa al constructor. Puede ser que salga de la propia madera, metal, o material que se utilice, del propio instrumento, o que el juguete adquiera una personalidad propia. De cualquier modo, esta complejidad era el problema que acaparaba entonces a algunos de los pocos seres activos de la ciudad, y a los dos únicos que estaban en la calle.

La muñeca propiamente dicha estaba refugiada en el interior del abrigo de su reciente dueño, con mil dudas e inquietudes. Lo primero que se preguntaba era quién era aquél hombre. Misterioso, apenas había podido verle la cara en un instante, más similar a un relámpago, y discreto, casi siniestro, le había sorprendido por completo. No se había fijado él, pese a entrar en un día tan malo en la tienda. Había aprendido a obviar a todo el que entrara en la tienda. Con el tiempo se le había ido haciendo bastante más fácil, y lo hacía de forma mecánica. En sus primeros pasos como juguete, había esperado con ilusión que alguien se la llevara. Siempre esperando, siempre en busca de ese niño que la reclamara, pero siempre en vano. No aparecía aquél salvador, y veía cómo iban desapareciendo juguetes de todo tipo, y cuando era el suyo el escogido, siempre era alguna de sus hermanas la que finalmente les abandonaba. Así, se había ido retrayendo, de forma que ella misma hacía honor a su exterior desolado. Entonces, no obstante, no sabía cómo debía sentirse. ¿Debía tener miedo por lo que pudiera hacerle el desconocido? ¿Pena por haberse ido de su hogar? ¿Alegría por haber sido por fin la escogida? La indecisión le causaba un sufrimiento tan hondo como las lágrimas en carne viva, sal en su rostro de trapo.

Sus hermanas, como buenas hermanas, sentían envidia. No les cabía en la cabeza cómo alguien podía preferir una muñeca triste y amargada a unas bellezas sonrientes, que ellas encarnaban a la perfección. Se estuvieron halagando falsamente unas a otras hasta que su moral y ánimo recuperaron el punto habitual. Fue entonces cuando decidieron que, sin duda, debían sentir pena por su descarriada hermanita. Sin duda aquél hombre no tenía buenas intenciones, y sería a ella a la que le tocaría sufrir los desvarías de aquél oscuro personaje. Surgieron las más estrafalarias y dantescas historias que un juguete pueda concebir para un dueño, pero estas podrían llenar varios libros.

Umberto se quedó parado sobre el mostrador. Pese a que su nueva creación le estuviese llamando desde su mesa de trabajo, hizo caso omiso por unos minutos y se dedicó a reflexionar sobre la suerte de aquella muñeca. No había sido capaz de hacerla sonreír, y aquello la había condenado a aquél estante. Nunca la movía de ahí, no queriendo importunarla, y casi llegó a pensar que tendría que convivir con ella y con su cargo de conciencia para siempre. Sin embargo, se habían hecho cargo de ella. Se preguntó si estaría bien, y si le darían un buen trato. No parecía una mala persona, y esperaba que, con el tiempo, él pudiera alumbrar esa sonrisa que él no había sido capaz de conseguir.

El hombre dejó de reflexionar en cuanto cruzó el umbral de su puerta. Se quitó las botas y las dejó a un lado sobre el suelo de piedra, para no mancharlo todo, colgó de una percha el sombrero de ala ancha y, poniendo buen cuidado en sacar de su abrigo a la preciosa muñeca, colgó este al lado del sombrero. Avanzó con paso un poco más cansado y fatigoso hasta su mesa, en la que acomodó entre unos montones de papeles, con una aparentemente fortuita forma de sillón, a su niña. Sacó de la mesita de su escritorio las gafas y la pluma, y se alcanzó un pequeño taco de hojas. Detestaba ser contable.

sábado, 16 de mayo de 2009


-¡Adelante primer batallón! –el aire se llenó del olor a pólvora y muerte de todas las batallas, y pronto ya no pudo verse nada entre tanta humareda. Los disparos eran totalmente azarosos, balas perdidas en busca de un desconocido dueño que las acogiese. Infecciones de plomo y magia negra en grano fino, eso se iban regalando unos a otros en una suerte de ritual militar, lleno de honor y sentimientos. Los pasos eran cada vez más dispersos, se había perdido la disciplina que al principio lucieran ambos contendientes, cambiado por un galopar de caballos desbocados hacia cualquier parte, buscando entre el caos unos galones enemigos, un azul de mar de disparos para ser llamado a Moisés, teñido de rojo.

-¡En formación! ¡Bayonetas al frente! –se había acabado ya el tiempo en que los fusiles hicieran su estruendo mágico y terrible. Ya no habrían de escucharse más que ecos lejanos de algún alma de hierro que aún conservara espíritu dentro. La compañía formaba impasible al desorden de su alrededor y se lanzaba al baile de metal, corazones y destellos fugaces de vidas extintas hace mucho tiempo, con su fin concertado en libros. Ejército de árboles en pie de verde de asfalto de hierba, botas de caña alta y un pulcro negro de sepulcro, ambiguos galones que restallan chispas de color y vida en la uniformidad manifiesta, y finalmente filos de bayoneta en los cascos, lo más representativo de su condición y nación.

-¡Carguen! –la simple orden convirtió la marcha ordenada, aquél traqueteo constante de vías de un tren cuando se ve a lo lejos, se fue acentuando a medida que la máquina metálica, constante e infalible arremetía en dirección a la estación. Gritos agudos como pitidos de tren, y de tan inclemente atronar, llenaron el aire de una idea, la idea de que estaban llegando y no había ya nada que hacer, nada que les pudieran echar encima frenaría aquél ingenio humano de armazón de hierro y decisión artificial. Correteaban por el campo de batalla, mientras franceses e ingleses caían a su paso como fichas de dominó. El sonido metálico de sus rifles al hacer arrumacos furiosos contra el escenario de la contienda hacía aún más caótico la anarquía, que se apropiaba a despecho de oficiales y comandantes de toda lucha de dimensiones semejantes.

-¡Alto! ¡Descansen! ¡Recarguen! –mientras reclamaban una nueva carga de pólvora para sus fusiles. Acudió a ellos el remedio oriental a todo conflicto occidental, absurdo pero prudente. En aquél momento ya no había más que leves murmullos, quejidos extendidos a gargantas universales que, como una sola voz, proclamaban su agonía a los cuatro vientos, esperando la mayoría una piedad consistente en un fogonazo en la nuez que aliñara la tráquea de un borboteo repentino de sangre, que despojara la vida al instante. Entre aquél devenir, no encontraron más oposición. Séptimo batallón, del orden del número celeste, parecían tocados por una mano también divina, ya que se encontraban incólumes entre tanto incipiente llanto de viuda joven. De vuelta de mil batallas, acababan de librar con éxito la mil uno.

-¡Eh, eso no vale! –protestó el chiquillo compungido, con los mofletes hinchados.

-Por supuesto que sí –repuso su compañero altivo-, claro que son capaces de hacer eso, ¡y mucho más!

Tenía que reconocer que aquello era cierto, al menos en apariencia. Aquellos soldados parecían mucho mejores que los corrientes, serían sin duda una gran tropa. Sus encuentros militares habían estado siempre muy disputados, como muestra de los veteranos que eran en estos conflictos, pero esta vez no había habido opción. Aquella escuadra prusiana había decantado el favor de la batalla a una alianza española-centroeuropea sin discusión. Las nuevas adquisiciones mostraban desde el primer momento su utilidad.

-¿Y dónde has comprado esos juguetes? ¡Quiero unos así para mí! –preguntó el derrotado, que quería igualar de nuevos las fuerzas.

-Pues… -buscó durante unos instantes en su memoria, poniendo cara de intelectual- en la tienda de monsieur D’abarie.

Después de todo, un general nunca revelaba todos sus trucos, sino, ¿cómo podría aspirar a ganar guerras?