martes, 9 de junio de 2009

Perfección mortal


¿Por qué buscamos la perfección? ¿Creemos acaso que eso nos va a proporcionar la felicidad que pueda faltar en nuestras vidas? ¿Puede ser que pensemos que en la perfección está lo recomendable, lo que nos conviene? Quizá sea así, quizá pensemos que lo bonito está en los cuentos de hadas en que todo sale a pedir de boca. Es probable que nos dé cierta satisfacción el ver que las cosas pueden salir bien, y que quizá los próximos en vivir una fantasía perfecta no seamos otros sino nosotros, no obstante, no solo de esperanzas se vive. O lo que es lo mismo, sólo de ilusiones no viviríamos más que de noche, perdiéndonos entre nuestras sábanas y dejando vagar la imaginación hasta los límites de lo posible y deseable. Son nuestras ansias de superación las que nos llevan al cambio. Tratamos de mejorar, de aumentar en valentía, aumentar en dinero, en poder, en alegría, en felicidad, y si lo hacemos es porque creemos que podemos mejorar. Podemos mejorar nosotros, podemos mejorar el mundo o podemos mejorar ambos, a la vez o no. Se trata de la sombra de la fuerza. El motor que permite la variación a través de una línea recta. Tenemos el lugar en el que estamos y el lugar al que queremos llegar como puntos de referencia. Barbaries han tenido lugar por esto, es cierto, pero también logros impensables han sido alcanzados, así pues, todo depende de cuánto se esté dispuesto a escatimar en medios para lograr el objetivo final o, siendo totalmente correctos, en la moral empleada en el transcurso de esos puntos medios requeridos.

Esta fue la motivación de Jarvia. Estaba solo en la vida, y llevaba mucho tiempo así. Nunca había sido una persona especialmente sociable, nunca había llegado a formar una familia, y la suya, pequeña como pocas, hacía tiempo que había abandonado este mundo. Tenía poco más aparte de su insulso y poco gratificante trabajo, que ahora realizaba con la monotonía habitual en él. Las hojas con una cantinela aburrida se movían de una en una aposentándose en una pila que iba cobrando altura a medida que más y más papeles eran revisados. La tinta empapaba la pluma y con minuciosidad y pulcritud se iba depositando en trazos firmes pero carentes de carácter en las hojas. Babel iba creciendo de la mano del contable mientras la muñeca observaba la caótica y pintoresca construcción, impasible. Por eso había decidido adquirir aquella muñeca, por su soledad. Había decidido que no quería estar solo desde el primer momento, pero no sabía cómo llevar eso a cabo. Sucedió que, llevando la contabilidad de un tal Monsieur D’abarie descubrió un hecho muy curioso, a partir de cierto día los ingresos del mismo disminuyeron de manera notable. No llegó ni mucho menos a dejar de ser rentable, pero sí fue un pico que se encargó de investigar. A través de pesquisas y preguntas varias llegó a averiguar que coincidía con el establecimiento de un nuevo juguetero a la ciudad, procedente de Italia. Esto en sí mismo no le habría supuesto ninguna novedad y problema, pero los que le hablaron de esta tienda también le hablaron de que los juguetes eran un portento. Que eran piezas únicas con personalidad propia.

Era poco dado a este tipo de imaginaciones y fantasías, pero tampoco tenía nada que perder y, en el peor de los casos, acabaría con un juguete en casa. Había escogido aquél día en concreto porque no quería que nadie le viera en su transcurso, y era obvio que había acertado, nadie salía en aquella ciudad esos días. Por esto tenía entonces a su muñeca encima de la mesa, a la que su vista se desviaba involuntariamente en varias ocasiones. Había decidido hacerla feliz.

La tomó en sus brazos, dejando de un lado la incontestable mole de origen arbóreo y color blanco que le amenazaba con su sombra. Miró su aspecto, su triste sonrisa y su fragilidad aparente. Quería solucionarla.

-¿Qué necesitas para ser feliz? –le preguntó, sintiéndose estúpido.

De repente, sintió que conocía la respuesta. De repente, sintió que todos los otros juguetes de Umberto debían desaparecer.

viernes, 29 de mayo de 2009

reencuentros


La costumbre, eso pensaba él, había roto su costumbre el día en que impulsado por quien sabe que, fue a parar a aquel lugar del puerto en el que había encontrado a su nuevo amigo, aquel pequeño oso peludo que ahora ocupaba un lugar privilegiado en el bolsillo. Allí se encontraba a salvo de miradas indiscretas, pues qué habrían pensado si hubieran visto a un hombre de su tamaño y edad con un oso de peluche… eso eran cosas de niños.

Soportó cada uno de los pinchazos que le propinaba Raíd sin exhibir si quiera una simple muestra de molestia. Su gesto era impertérrito, sus ojos estaban fijos en la distancia mientras le tatuaban otro amo más, otro jefe que lo golpearía hasta hacerlo sudar, porque ese era su trabajo, aguantar una y otra vez los despechos de la gente. Cuanto necesitaba la compañía de aquel peludo amigo que habitaba su bolsillo, eran fuerzas lo que más necesitaba, y el pequeño amigo le conferiría las que necesitaba para aguantar los arrestos de aquellos patanes que lo utilizaban uno y otra vez.

Encaminó sus pasos hacia su nuevo destino, según tenía entendido era un hombre como las otras veces, pero se sorprendió gratamente al ver que no parecía demasiado fuerte, tanto mejor para él. Simplemente sería menos sufrimiento del habitual. Entró en la habitación guiado por el extraño cliente, se paró delante de él, y se quitó la amplia chaqueta que cubría su cuerpo. Para sorpresa del hombretón, no era un hombre escuálido, sino una mujer, que le resultaba extrañamente familiar.

Espero su destino, cual animal que va a ser pasado a cuchillo, y vio como el pañuelo que cubría el rostro de la fémina se retiraba, tenía la piel del mismo color que él. Sus ojos se abrieron como platos al descubrir que allí estaba la que había sido su único amor, la única que había entendido su sino, al tener ella uno parecido.

Sus ojos se inundaron de lágrimas, saladas que empaparon sus labios. Pero no podía decir ni hacer nada, se había quedado paralizado por la sorpresa. Ella no dijo nada, únicamente le abrazó, deshaciéndose en hinojos entre sus marmóreas extremidades.

No hicieron falta palabras, se fundieron en un largo y apasionado beso. Sus ojos se encontraron y entonces hurgó en su bolsillo. El juguete no sabía que estaba pasando, todo se movía a su alrededor. No entendía que estaba pasando fuera y no quedaba ni un resquicio por el que poder echar una ojeada ¿dónde iba ahora? Se estaba moviendo, las manos de su dueño lo habían rodeado. Ahora veía con más claridad, a una chica, delicada que parecía de ébano. Sus facciones perfectas entre la perfección, su piel tersa y brillante, aunque oscura como la pez.

Vio como pasaba de las curtidas manos de su dueño a las suaves y delicadas de ella. Ella miró al oso a los ojos y lo abrazó. El oso se sintió realmente reconfortado, sintió un calor en su interior que nunca había sentido antes, ni si quiera cuando adquirió un dueño.

De repente lo supo, ella sería su dueña y ahora mismo no deseaba que nadie más lo fuera, ya no echaba de menos a sus otros hermanos los juguetes, había encontrado su lugar entre los brazos de aquella extraña muchachita que ahora le portaba con amor a través del puerto, en dirección a la casa del gran hombre que siempre la había estado esperando.

lunes, 25 de mayo de 2009


La sonrisa bordada a fuego en el rostro del animal, se fue tornando en un gesto nostálgico que lógicamente volvería a variar cuando saliera de aquel espacio privado en que se veía ahora envuelto.

Lo que quedaba de noche la pasó sobre una discreta cómoda, prácticamente el único mueble de aquella buhardilla. En defensa del hombretón había que decir que se había esmerado en colocar cómodamente al osito sobre una fina camiseta, recostado en un montón de prendas que probablemente representaran más de la mitad de sus pertenencias. Luego se quitó el abrigo y las prendas de abrigo, arrojó a un rincón las sandalias que calzaba, que podían haber servido como barco al pequeño osito, y se dejó caer en una hamaca, tendida a lo largo del pequeño habitáculo.

No tardó mucho en adornar la noche con una serenata de respiraciones profundas, como si de un percherón se tratase. Su rostro, que bajo la luz de la luna parecía ser una máscara oscura, se veía perfilado con una larga cicatriz que surcaba la parte derecha. La que el osito podía ver, pues la cómoda estaba al lado de la puerta, y su dueño se había tendido con los pies mirando a la ventana por la que la luna, libre como siempre, dejaba caer una cascada de rayos.

Mucho pensó el pobre oso. Siguió pensando en sus amigos y lo que les iba a echar de menos. Rompecabezas, trapecistas, muñecas… para todos había sitio en la mente del juguete, y a todos y cada uno de ellos les dedicó un pensamiento al menos. Luego le llegó el turno a su dueño. Le miraba con curiosidad, sin saber muy bien qué debía pensar de él, que quería darle y que quería que le diera… en fin, todas esas cosas que un juguete se cuestiona en la vida.

Cuando amaneció, el sol no encontró al juguete allí. Los juguetes no duermen, no necesitan descansar como nosotros, al igual que tampoco necesitan comer o beber, no tienen necesidades fisiológicas. Sin embargo, sí pueden abstraerse cuando lo creen necesario. No están aquí, pero tampoco están en otra parte. No sueñan, porque, en cierto modo, ellos son sueños nuestros. Así pasó el oso su noche, pues no tenía otra cosa que hacer más que debatirse entre devanarse los sesos y observar la luna, lo que le producía aún más nostalgia.

Horas más tarde aparecería el juguete entre balanceo y balanceo. Sorprendido por no haberse percatado, al parecer aquél hombre era más discreto de lo que aparentaba, se asomó al bolsillo del abrigo, en el que volvía a estar metido. Volvía a estar en el puerto, esta vez de día. El trajín de los barcos cargándose y descargándose era notable, y un olor a pescado lo impregnaba todo. A punto estuvo de saludar a una gaviota que parecía la que el día anterior le había transportado, pero se contuvo por no delatarse. Vio pasar a multitud de personas, algunas de las cuales le hicieron volver a guarecerse en el bolsillo, que le parecía el lugar más razonable y seguro dadas las circunstancias en que se encontraba el pedacito de algodón y tela. Al fin parecía que el coloso llegaba a su destino. Pasó a una tienda un tanto oscura, con el ambiente viciado del tabaco importado y el sudor de cuerpos que poco tenían que rivalizar con aquél.

Su dueño cruzó algunas palabras con el dependiente, al que ya parecía conocer, y tras saludos cordiales y algún que otro comentario banal, el dependiente le preguntó

-¿El de siempre?

-El de siempre –respondió impávido.

-Algún día tienes que dejar que haga algo más original –bromeó su amigo.

-Quizás algún día, pero sabes que cuando cambio de patrón siempre toca el mismo –repuso con tranquilidad.

-Como quieras.

Pasaron a una sala que daba a la parte de atrás del edificio, bastante más iluminada. El dependiente, de cara ajada y cuarteada de sal, y boca con ventilación de dientes pardos, sentó al dueño, al que antes había llamado Raíd, en una silla que curiosamente no le quedaba pequeña, y le ató una cincha de cuero alrededor de cada brazo.

-Sabes que es la costumbre, aunque no haga falta –dijo cuando se dio la vuelta, con una aguja cargada de tinta en la mano.

sábado, 23 de mayo de 2009

gaviotas


La noche se cernió de nuevo sobre la ciudad, que tenía sus más y sus menos, sus lujos y sus luces y sus sombras, pero en ese momento, sólo era sombras. La única luz que iluminaba las calles de la ciudad era la de la luna, que brillante y altiva se alzaba llena mirando desde los luceros estrellados.

Calles vacías, sólo las llenaban, los rumores del mar que golpeaba en el puerto, la brisa que corría por los callejones dejando un sonido casi siniestro, un sonido que helaba la sangre, o lo hubiera hecho si hubiese habido alguien recorriendo esas calles junto a la nombrada brisa.

Pero las calles no estaban vacías, las ratas recorrían las calles más sucias, las que eran más cercanas al rugiente mar. Además de ratas, algunas gaviotas rezagadas todavía se veían volar desorientadas, pues las gaviotas, no son animales que puedan volar solos, de noche, lejos de la bandada. Pero aún y así, había un pequeño grupo de gaviotas que parecían no haberse enterado de esa regla no escrita de que las gaviotas no salían por la noche, porque no tenían ojos que vieran en la oscuridad como los de los búhos, porque no sabían volar casi sin esfuerzo para ahorrar energías y poder seguir volando después de un duro día de disputas por la comida. Pero allí estaban, y una de ellas parecía tener algo inusual en el pico. Tenía una forma demasiado extraña como para ser un trozo de algún desdichado pescado que hubiera caído bajo su impulso hambriento de conseguir comida…

Se fue acercando cada vez más a tierra y lo dejó caer. Alguien estaba allí, no era un niño, ni era un hombre. No se sabía muy bien que podía ser aquella figura malcarada que se erguía sobre sus más de dos metros de altura. La figura sin más indicación, se arrodilló, cogió el objeto que en sus grandes manos parecía minúsculo y lo guardó en su bolsillo.

Enfiló la calle, en busca de abrigo, pues estaba solo, estaba a la vista y si alguien le viese como poco echaría a correr. Era tan diferente a los demás, que su sola presencia solía causar pavor entre los demás habitantes del pueblo. Su piel oscura, era ya un distintivo de vergüenza en aquella ciudad de señoritos y pobretones. Sus ojos verdes, resaltaban excesivamente a causa de la oscuridad de su rostro, parecían dos esmeraldas antinaturalmente insertadas en aquella cara, que lejos de ser grotesca, era hermosa. Quizás, otro inconveniente más, llamaba demasiado la atención.

El objeto que se encontraba en el bolsillo, parecía asustado, había hecho un largo viaje. Las piruetas en boca de una gaviota no era el mejor vuelo que nadie podía tener, ni aunque fueses un juguete. Sabía que tenía que hacer lo que había hecho, para poder llegar hasta su destinatario, pero le hubiese gustado que lo recogieran en la tienda. Suspiró, si es que un oso de peluche podía hacer aquello. Sus ojos de botones cosidos, casi expresaron la sorpresa de haber sido examinado tan prontamente, para después, acabar en su bolsillo. Su orgullo estaba herido. Anda que lo había mirado con inusitada alegría… No, su gesto no había variado ni un ápice. Tampoco le había dado tiempo a mucho, le había resguardado en su amplio bolsillo.

Quizás, es que no quería que sufriera más penalidades, quizás es que fuera a cuidarlo para siempre como el quería, porque debía ser suyo, porque ahora lo era, y sólo esperaba que su nuevo hogar, fuera tan increíble como el lugar donde vivía con el resto de sus hermanos juguetes, compañeros de fatigas y alegrías, con los que tanto había pasado.


Difícilmente se puede saber lo que piensa un juguete. Podemos intentar averiguar cómo se tomará las cosas una persona, porque comprendemos el mecanismo de los sentimientos y las emociones, pero no de los juguetes. Los juguetes son creados por las personas, y cómo tales tienen lo que se les ha querido dar, pero siempre hay algo que sobrepasa al constructor. Puede ser que salga de la propia madera, metal, o material que se utilice, del propio instrumento, o que el juguete adquiera una personalidad propia. De cualquier modo, esta complejidad era el problema que acaparaba entonces a algunos de los pocos seres activos de la ciudad, y a los dos únicos que estaban en la calle.

La muñeca propiamente dicha estaba refugiada en el interior del abrigo de su reciente dueño, con mil dudas e inquietudes. Lo primero que se preguntaba era quién era aquél hombre. Misterioso, apenas había podido verle la cara en un instante, más similar a un relámpago, y discreto, casi siniestro, le había sorprendido por completo. No se había fijado él, pese a entrar en un día tan malo en la tienda. Había aprendido a obviar a todo el que entrara en la tienda. Con el tiempo se le había ido haciendo bastante más fácil, y lo hacía de forma mecánica. En sus primeros pasos como juguete, había esperado con ilusión que alguien se la llevara. Siempre esperando, siempre en busca de ese niño que la reclamara, pero siempre en vano. No aparecía aquél salvador, y veía cómo iban desapareciendo juguetes de todo tipo, y cuando era el suyo el escogido, siempre era alguna de sus hermanas la que finalmente les abandonaba. Así, se había ido retrayendo, de forma que ella misma hacía honor a su exterior desolado. Entonces, no obstante, no sabía cómo debía sentirse. ¿Debía tener miedo por lo que pudiera hacerle el desconocido? ¿Pena por haberse ido de su hogar? ¿Alegría por haber sido por fin la escogida? La indecisión le causaba un sufrimiento tan hondo como las lágrimas en carne viva, sal en su rostro de trapo.

Sus hermanas, como buenas hermanas, sentían envidia. No les cabía en la cabeza cómo alguien podía preferir una muñeca triste y amargada a unas bellezas sonrientes, que ellas encarnaban a la perfección. Se estuvieron halagando falsamente unas a otras hasta que su moral y ánimo recuperaron el punto habitual. Fue entonces cuando decidieron que, sin duda, debían sentir pena por su descarriada hermanita. Sin duda aquél hombre no tenía buenas intenciones, y sería a ella a la que le tocaría sufrir los desvarías de aquél oscuro personaje. Surgieron las más estrafalarias y dantescas historias que un juguete pueda concebir para un dueño, pero estas podrían llenar varios libros.

Umberto se quedó parado sobre el mostrador. Pese a que su nueva creación le estuviese llamando desde su mesa de trabajo, hizo caso omiso por unos minutos y se dedicó a reflexionar sobre la suerte de aquella muñeca. No había sido capaz de hacerla sonreír, y aquello la había condenado a aquél estante. Nunca la movía de ahí, no queriendo importunarla, y casi llegó a pensar que tendría que convivir con ella y con su cargo de conciencia para siempre. Sin embargo, se habían hecho cargo de ella. Se preguntó si estaría bien, y si le darían un buen trato. No parecía una mala persona, y esperaba que, con el tiempo, él pudiera alumbrar esa sonrisa que él no había sido capaz de conseguir.

El hombre dejó de reflexionar en cuanto cruzó el umbral de su puerta. Se quitó las botas y las dejó a un lado sobre el suelo de piedra, para no mancharlo todo, colgó de una percha el sombrero de ala ancha y, poniendo buen cuidado en sacar de su abrigo a la preciosa muñeca, colgó este al lado del sombrero. Avanzó con paso un poco más cansado y fatigoso hasta su mesa, en la que acomodó entre unos montones de papeles, con una aparentemente fortuita forma de sillón, a su niña. Sacó de la mesita de su escritorio las gafas y la pluma, y se alcanzó un pequeño taco de hojas. Detestaba ser contable.

miércoles, 20 de mayo de 2009

muñeca sin sonrisa


Miró una y otra vez en busca del tesoro que podría ser el juguete triste… todos los juguetes parecían en cualquier caso, felices de ser lo que eran, felices de ser parte de la alegría de algún niño, todos o casi todos tenían desde una expresión neutra, hasta una expresión de total felicidad, con una sonrisa surcada en sus rostros llenos de la vida que les había dado Humberto.

El extraño Diderot que se deleitaba en buscar entre aquellas maravillas, estaba cada vez más nervioso, tendría que haber alguno que no estuviera feliz, alguno con una expresión en su rostro que denostase tristeza, dolor o llanto, pues no todo en la vida eran risas y juegos, la vida era mucho más que todo eso.

Buscó y buscó, se estaba desanimando poco a poco… había pensado que aquella tienda parecía diferente, ubicada cerca de la podredumbre del puerto, era de esperar que al menos uno de sus muñecos tuviera la marca de aquel sórdido lugar.

Casi había decidido marcharse, pues la tormenta estaba a punto de remitir, y no deseaba ser visto, ante todo eso, no podía dejar que nadie advirtiese su pequeña excursión a la juguetería. Ya casi había decidido marcharse cuando lo vio.

Si, allí estaba, la muñeca más triste que jamás habían creado. Su rostro estaba surcando por unas hipotéticas lágrimas… que no podrían haber sido tan reales si hubiesen sido de una niña de verdad. Tenía el pelo recogido en dos trenzas, que unido a su cuerpo de trapo le conferían una postura extraña. Estaba recostada contra la pared, en aquel estante, alejada del resto de los muñecos, parecía ser una niña marginada incluso por los que eran iguales que ella. De hecho, un poco más allá, había otras muñecas de trapo, pero sus expresiones eran las de cualquier muñeca de trapo que se precie, sonrientes y con la apostura clásica del paño con el que estaban confeccionadas.

Los ojos del extraño relucieron, una lágrima surcó su rostro, como si pudiera sentir la pena que atormentaba a aquel amasijo de trapos a medio formar, porque a pesar del realismo de su rostro, el resto parecía hecho con desgana, o a medio hacer, como si el creador de aquella maravilla hubiera decidido dejarla a medias.

Buscó con la mirada al dependiente del establecimiento y lo encontró prontamente, había salido a recibirle aunque lo había hecho de forma tan sigilosa que ni siquiera se había dado cuenta de ello.

-“disculpe, me gustaría llevarme esta muñeca”- lo dijo en un tono neutro, fuera de toda maldad, sólo destilaba una gran tristeza.

Humberto le miró desconcertado, la tristeza no era algo que sus juguetes solieran provocar. Quizás, buscaba juguetes para arrancar de si la tristeza. Era un hombre extravagante cuanto menos, nunca antes lo había visto, ni en la tienda, ni paseando por la ciudad.

-“El precio no es muy alto, como muy bien puede ver, está defectuosa, no pude hacer nada más por ella”- contestó el creador visiblemente entristecido de pronto.

-“Es igual, yo la quiero a ella”- dijo el hombre sin variar su tono de absoluta tristeza y desgana ante la vida.

-“Como usted desee”-dijo Humberto y le mostró el precio en un papel que tenía guardado bajo el mostrador.

-“Me parece correcto”-el extraño sujeto cogió un puñado de monedas, en las que quizás había más del doble del precio que Humberto le había mostrado en su papel.

Miró desde sus ojos claros, desde su gran altura sorprendido y fue a decir algo pero fue de súbito interrumpido por el extraño.

-“Ya lo se, no se preocupe, eso es lo justo realmente”

Y con estas enigmáticas palabras se despidió del fabricante de juguetes con una sonrisa, cosa que no hacía desde hacía mucho tiempo… sonreír.

lunes, 18 de mayo de 2009


Lluvia, abrigo negro, botas negras, sobrero más negro todavía. Frío, ojos sesgado de mirada ambarina, piel pálida y tersa, manos pulcras y sin mácula. Tempestad, nerviosismo, prisa excesiva, miedo primario. Todo eso y mucho más se aglomeraba en la solitaria figura que se aventuraba en aquél desparrame de elementos que se habían conjurado aquella tarde. No sabía exactamente si había salido por la tormenta o si la tormenta había salido con él, pero tenía la impresión de que el tiempo se había conjurado con su persona para sacar al aire libre un calamitoso y variopinto despliegue de sinsentidos y temores que la gente se afanaba por evitar.

Aún siendo la hora del día que era, no había nadie por allí cerca, ni cerca ni lejos, no había nadie en la ciudad propiamente dicha. Las calles estaban desiertas y, de haber tenido la facultad de la ubicuidad, la omnisciencia, o simplemente hubiera dado un paseo medianamente largo, se habría dado cuenta de ello. Ese era uno de los días que los perros callejeros eludían en sus calendarios, que los trabajadores sumaban a la cuenta del hambre, que el sol se tomaba vacaciones y, en definitiva, que el mundo se quedaba en casa, con una baja más que justificada, aunque demasiado temporal, en sentido meteorológico. Pero él iba contracorriente. Luchaba contra aquellas fuerzas de la naturaleza que quizá le apoyaban, le encubrían y evitaban poner de manifiesto su paseo.

No siempre, no obstante, las tenía todas consigo. Trastabilló un par de veces, y a la tercera vez acabó de rodillas, apoyando las manos para evitar pasar de una postura piadosa a una indecorosa, que hubiera destrozado por completo su atuendo. Maldiciendo, se puso en pie apoyándose en una mano y doblando una pierna para poner en práctica toda su altura, que no era poca. Se quitó los dos guantes y los guardó, con cuidado de no manchar otra prenda de ropa. Sacudió con las manos desnudas los pantalones, sin resultados demasiado fructíferos, consiguiendo deslucir un poco el marrón, que se negaba a abandonar su cómoda posición en sus rodillas. Con resignación aceptó aquella mancha con la que lidiaría más tarde y siguió su camino.

Cuando su objetivo estuvo a la vista, recorrió velozmente lo que le quedaba de trayecto y, con una mano como un garfio, hecha garra gargantuesca por la inclemente temperatura exterior, asió el pomo de la puerta. Sorprendentemente, giró sin hacer ruido, elegantemente engrasado y abierto. Empujó suavemente la puerta, entrando en aquél mágico mundo de colores que poco se parecía a la inclemencia exterior.

Una vez la puerta se hubo cerrado detrás de él, dedicó unos instantes al gotear de su abrigo empapado sobre el suelo, con una cantinela azarosa y agradable. El suspiro regular de su respiración marcaba el compás que se afanaban en no seguir aquellas rebeldes gotas que ahora ejercían su derecho a caer también desde las alas de su sombrero, los bajos de su pantalón y, menos sonoramente, su calzado. Haciendo caso omiso, dedicó su atención a los juguetes que tenía a su alrededor. Su movimiento de cabeza precipitaba en ocasiones a aquellos pedacitos indecisos de agua, que no estaban seguros de si debían caer ya o demorarse unos instantes más y hacerse mayores. Mediante esos involuntarios donativos de voluntad, se deleitaba en juguetes grandes y juguetes pequeños. Aquí unos de un colorido sorprendente, acá otros que con un par de tonos tenían más vida que él mismo. En aquella otra esquina se encontraban unas formas espectaculares y en medio de la estantería la geometría era reina absoluta de unos trocitos de madera, o quizá metal. Diferentes texturas, mejores acabados o más bastos, poros incluidos en el diseño o el mayor peso de lo macizo. Suficiente para embelesar a alguien durante días, pero el visitante, aunque no lo sabía, debía irse antes de que la tormenta amainara, así que con una súbita urgencia que fue creciendo en su interior, buscó por las estanterías un juguete triste.

domingo, 17 de mayo de 2009

soldado herido


Los niños parecían satisfechos de la batalla, y escucharon como la sirvienta les avisaba de que la merienda estaba terminada. Dejaron a los batallones en aquella vorágine caótica que habían llamado guerra tal y como estaba. Ya lo recogerían después, igualmente, el juego ya había sido ganado por el momento.

Los juguetes parecían inquietos, la formación militar prusiana seguía intacta, ni una sola baja, sólo estaba la figura de aquel soldado herido que era el general. Herido por el impacto de una bala aquel día en que no debió de ser soldado, pero ya no había marcha atrás, era el soldado herido, ese era su puesto, y no estaba descontento con él. El resto de muñecos se hallaban sin vida, desparramados por el campo de batalla, pero ellos no. Su orgullo como luchadores de rango les había dado la vida, y no cejaban en su empeño de parecer lo que realmente eran, lo que quizás un día habían sido.

Todos parecían conformes con la nueva situación, su nuevo hogar, parecía increíblemente cómodo, estaban resguardados del frío y el polvo y aún así, el soldado herido echaba de menos al resto de los juguetes, en especial a la dama ¿seguiría ella en la tienda? Quizás… su suerte la hubiese llevado a manos de un nuevo dueño, ahora estaban separados pero no podía dejar de pensar en ella, como si de alguna forma mágicamente pudieran volver a reunirse ¿no estaría mal no?

Pero los milagros no ocurrían todos los días. Ya bastante milagro era el ser un objeto lleno de vida que podía contar miles de historias en la imaginación de los niños, como para desear el elegir su destino. No, el destino para ellos, en cierta forma estaba escrito, y el suyo parecía estar lejano del de su amada. Lejano de lo único que le había dado una felicidad que casi había olvidado por sus años en la guerra… quizás no había estado nunca en una guerra de verdad, o quizás si. Sus recuerdos de batallas eran claros, pero eso no significaba que hubieran sido batallas más allá de las de la imaginación de los niños habían creado. Miles de batallas, en manos de diferentes creadores de historias de edades similares, de juegos imposibles, de mundo lejanos…

Pero lo que con más claridad podía recordar, eran los bailes de su dama, que sólo habían estado dedicados a él. Eso le entristecía. Se miró la pierna rota, su mutilación le había hecho diferente del resto de su batallón, a parte de ser su general, el más peculiar, era el que más llamaba la atención. El realismo de su herida era tal, que él experimentaba dolor con cada movimiento que los niños hacían que diera. Pero no variaba su gesto, el dolor no se reflejaba en su rostro, era el segundo al mando, y eso significaba que debía dar ejemplo, a pesar de estar lisiado, a pesar de ser el único que experimentaba dolor de entre todo el batallón.

Dejó de pensar en todo, se recreó en el recuerdo de la bailarina de sus amores, la única que comprendía su dolor, y le cuidaba pese a sus protestas cuando lo intentaba hacer delante del resto de sus soldados, le hacía parecer débil pero, aún y así en secreto, le encantaba que lo hiciera, que aliviase el dolor perpetuo que debía sentir por el resto de su existencia.

El general le observaba distante, sabía que segundo al mando sufría, pero no podía hacer nada, necesitaban un médico en el batallón, pero parece ser que al juguetero no se le ocurrió poner a la unidad médica dentro de la escuadra. Era normal, los niños no querían médicos, querían guerreros que les llevasen a la victoria. Sufría en silencio por el, cuando se es general prusiano, el mostrar algún tipo de emoción podría costarle a uno la vida, y aunque quizás fueran juguetes, quizás no siempre hubiese sido así, no se permitía reblandecerse.

sábado, 16 de mayo de 2009


-¡Adelante primer batallón! –el aire se llenó del olor a pólvora y muerte de todas las batallas, y pronto ya no pudo verse nada entre tanta humareda. Los disparos eran totalmente azarosos, balas perdidas en busca de un desconocido dueño que las acogiese. Infecciones de plomo y magia negra en grano fino, eso se iban regalando unos a otros en una suerte de ritual militar, lleno de honor y sentimientos. Los pasos eran cada vez más dispersos, se había perdido la disciplina que al principio lucieran ambos contendientes, cambiado por un galopar de caballos desbocados hacia cualquier parte, buscando entre el caos unos galones enemigos, un azul de mar de disparos para ser llamado a Moisés, teñido de rojo.

-¡En formación! ¡Bayonetas al frente! –se había acabado ya el tiempo en que los fusiles hicieran su estruendo mágico y terrible. Ya no habrían de escucharse más que ecos lejanos de algún alma de hierro que aún conservara espíritu dentro. La compañía formaba impasible al desorden de su alrededor y se lanzaba al baile de metal, corazones y destellos fugaces de vidas extintas hace mucho tiempo, con su fin concertado en libros. Ejército de árboles en pie de verde de asfalto de hierba, botas de caña alta y un pulcro negro de sepulcro, ambiguos galones que restallan chispas de color y vida en la uniformidad manifiesta, y finalmente filos de bayoneta en los cascos, lo más representativo de su condición y nación.

-¡Carguen! –la simple orden convirtió la marcha ordenada, aquél traqueteo constante de vías de un tren cuando se ve a lo lejos, se fue acentuando a medida que la máquina metálica, constante e infalible arremetía en dirección a la estación. Gritos agudos como pitidos de tren, y de tan inclemente atronar, llenaron el aire de una idea, la idea de que estaban llegando y no había ya nada que hacer, nada que les pudieran echar encima frenaría aquél ingenio humano de armazón de hierro y decisión artificial. Correteaban por el campo de batalla, mientras franceses e ingleses caían a su paso como fichas de dominó. El sonido metálico de sus rifles al hacer arrumacos furiosos contra el escenario de la contienda hacía aún más caótico la anarquía, que se apropiaba a despecho de oficiales y comandantes de toda lucha de dimensiones semejantes.

-¡Alto! ¡Descansen! ¡Recarguen! –mientras reclamaban una nueva carga de pólvora para sus fusiles. Acudió a ellos el remedio oriental a todo conflicto occidental, absurdo pero prudente. En aquél momento ya no había más que leves murmullos, quejidos extendidos a gargantas universales que, como una sola voz, proclamaban su agonía a los cuatro vientos, esperando la mayoría una piedad consistente en un fogonazo en la nuez que aliñara la tráquea de un borboteo repentino de sangre, que despojara la vida al instante. Entre aquél devenir, no encontraron más oposición. Séptimo batallón, del orden del número celeste, parecían tocados por una mano también divina, ya que se encontraban incólumes entre tanto incipiente llanto de viuda joven. De vuelta de mil batallas, acababan de librar con éxito la mil uno.

-¡Eh, eso no vale! –protestó el chiquillo compungido, con los mofletes hinchados.

-Por supuesto que sí –repuso su compañero altivo-, claro que son capaces de hacer eso, ¡y mucho más!

Tenía que reconocer que aquello era cierto, al menos en apariencia. Aquellos soldados parecían mucho mejores que los corrientes, serían sin duda una gran tropa. Sus encuentros militares habían estado siempre muy disputados, como muestra de los veteranos que eran en estos conflictos, pero esta vez no había habido opción. Aquella escuadra prusiana había decantado el favor de la batalla a una alianza española-centroeuropea sin discusión. Las nuevas adquisiciones mostraban desde el primer momento su utilidad.

-¿Y dónde has comprado esos juguetes? ¡Quiero unos así para mí! –preguntó el derrotado, que quería igualar de nuevos las fuerzas.

-Pues… -buscó durante unos instantes en su memoria, poniendo cara de intelectual- en la tienda de monsieur D’abarie.

Después de todo, un general nunca revelaba todos sus trucos, sino, ¿cómo podría aspirar a ganar guerras?

jueves, 14 de mayo de 2009

la dama


La dama, la dejamos en otro plano, en otro punto de la historia, y era increíble pensar que una muñeca que habitaba dentro de una caja de música pudiera soñar ¿realmente los juguetes podían soñar? ¿tenían la suficiente vida como para poder crear intrincadas imágenes formando historias imposibles?

Quizás no todos fueran capaces de aquello, pero la dama si podía. Era capaz de soñar y de generar sueños. Llevaba ya algunas noches en manos de su nuevo dueño, su amigo, ella lo había elegido. Eran los juguetes los que elegían a sus niños y ella había esperado pertenecer a aquel pequeño desde hacía tiempo. Tembló de emoción en el primer baile que le dedicó.

La dama estaba contenta aquella noche, ella y su pequeño amigo, estuvieron toda la noche soñando juntos. Era un sueño que les implicaba a ambos, él la veía como su madre y ella como el hijo que nunca tendría, simplemente, no podía, ¡Era un juguete! Eso la entristecía de alguna forma, pero quizás… ésta era la mejor forma de llenar el vacío de su existencia como mujer y como juguete.

La melodía sonaba, el niño le daba cuerda cuidadosamente y mientras ella danzaba, el escuchaba la nana que le transportaba a un mundo distante, donde no existía ni el dolor ni el hambre al que tanto se había acostumbrado. La dama danzaba para él y con él, siendo ambos el único consuelo el uno del otro.

Todos en la juguetería se preguntarían por como se encontraba en estos momentos, pero ya no había vuelta hacia atrás. Simplemente era su momento de marchar, quizás hubiera debido despedirse, pero vio al niño tan cerca que no pudo resistirse a volar hasta su bolsillo, era el momento perfecto y sabía que no se repetiría con ligereza. El niño tenía cuidado de no torturarse a menudo con la visión del escaparate de la juguetería, con todos esos juguetes que él no podía pagar.

La aventura en la que se había embarcado la dama, sólo había comenzado. Sabía muy bien que su vida con aquel pequeño no iba a ser nada fácil. Las comodidades a las que estaba acostumbrada en el pequeño taller allí no existían, brillaban por su ausencia la limpieza y el calor. Hacía frío… lamentaba no ser un muñeco más grande capa de proporcionarle algo de calor al muchacho que reposaba recostado al lado de su prisión de cristal.

Lamentaba quizás también, no tener alguna forma de hacer que aquel pequeño ganase dinero para el sustento, veía como la piel se le pegaba de la espalda y la tripa con cada respiración, estaba literalmente famélico. Dejó de soñar para pensar qué hacer en referencia a aquello, no podía dejar que el pequeño vagabundeara por siempre, él debía tener un futuro más aceptable, que implicase que sus vivos ojos, y sus mejillas sonrosadas, llevasen la inocencia a su alrededor, que pudieran estar sonrojadas y llenas, pues ahora estaban hundidas, con los ojos hinchados por los lloros que de noche profería en sueños, sin darse cuenta cuando despertaba.

Un ruido cerca suya la sacó de sus pensamientos ensimismados. Eran unos quejidos del niño que volvía a soñar algo doloroso. Puso todo lo que podía hacer por el en marcha, al menos por el momento, y compuso para él un sueño lleno de color y vida para que su llanto se convirtiera en una sonrisa angelical y satisfecha. De repente, el niño abandonó la pesadilla para verse inmerso en un jardín enorme y verde. Estaba jugando con diversos muñecos, pero hacía caso omiso de casi todos ¿dónde estaba su bailarina? La buscó frenéticamente y ella apareció, ya no como una pequeña figurita en una caja de cristal, sino como una mujer que le miraba con infinito cariño y dulzura. Era todo lo que podía desear, se parecía tanto a su madre. Parecía alimentado, no podía sentir ni dolor ni hambre, solo calor y amor que le envolvían desde lo más hondo de su pecho, en el rincón más dulce y cristalino de su alma.

El niño sonrió en sueños y la dama se dio por satisfecha, manteniendo en su memoria a algunos de los amigos que había dejado atrás en la juguetería ¿qué habría sido de su soldado herido?

miércoles, 13 de mayo de 2009


El juguetero se dio finalmente la vuelta. Como cada vez que tenía que despedirse de alguno de ellos, parecía cansado, como si hubiera perdido algo. Los hombros se le cayeron hacia delante, haciéndole parecer más bajo de lo que era. Aún así, era más grande que la mayoría, pero esto pronunciaba una incipiente edad que, erguido con normalidad no aparentaba haber gastado ya. Dirigió sus pasos hacia el interior, pensando en trabajar un poco en el taller, pero la campanilla sobre la puerta llamándole le detuvo en el último momento.

-¡Muchas gracias señor! –alcanzó a ver al niño perderse de nuevo por delante del escaparate de la tienda, y no pudo evitar volver a sonreír.

De nuevo se sentía con fuerzas, como antes. Pensó que quizá no necesitara trabajar para recobrarse, y que tenía fuerzas suficientes para aguantar tras el mostrador. Se sentó en un alto taburete que le permitía observar toda la tienda con comodidad.

-Bueno, hijos míos, me pregunto cuál de vosotros será el próximo en dejarnos. –suspiró con nostalgia-. Fue una pena que Dama nos dejara sin despedirse, pero supongo que era la única opción que tenía.

El niño ya estaba muy lejos de allí. Sin darse cuenta, había abandonado la zona que le tocaba para mendigar. De todos modos no creía que esperaran que llevara demasiado, sobre todo teniendo en cuenta que nunca había sido demasiado fructífera. De todos modos, siempre podría echarle la culpa al tiempo, como estaba seguro de que muchos otros harían. Muy poca gente que saliera bajo la lluvia tenía una moneda de más para ellos.

-Te encontraré algún lugar bonito, ya verás, no te separarás de mí –se palpó sonriente la barriga, en la zona geométricamente abultada que correspondía a su nueva y preciada posesión.

martes, 12 de mayo de 2009

sorpresa


No sabía muy bien porqué, pero algo le impulsaba a buscar las manos de aquel niño… pero eso no podía ser, su sitio siempre había sido el que ocupaba ahora gallardamente, el escaparate de la tienda de juguetes, en su larga vida como caja sorpresa, nunca había sentido deseos de alejarse de aquel lugar.

Casi más que un deseo, era una necesidad, deseaba que aquellas pequeñas manitas, acariciasen ávidamente las aristas de su cuerpo encajonado. Su cabeza hecha de retales hubiera sonreído más abiertamente si las costuras de su boca se lo hubieran permitido, pero era un inerte muñeco, al menos a simple vista, o al menos, a la vista de todos.

El niño, que había estado toda la tarde frente a la tienda, se había decidido a entrar. Sabía que no conseguiría nada entrando. Era más pobre que las mismas ratas. Ellas al menos tenía un techo en las alcantarillas, al menos podían comer todos los días, con los desperdicios de la infecta ciudad que le vio nacer.

Entró a través de la puerta. Al abrirla, la puerta se quejó como si fuera un viejo gruñón que se quejaba por la corriente que entraba a través de la ventana abierta por su negligente nieto. El niño se sobrepuso a este sonido, hizo de tripas corazón y entró en la tienda. Al ver al juguetero, las palabras se le trabaron en la garganta y como saludo sólo fue capaz de emitir un agudo sonido acompañado de un tímido gesto.

El tendero, primero le dedicó una mirada severa, pero al ver el gesto compungido y tímido del pequeño se tornó en una traviesa sonrisa. El niño al ver esto, emitió una risa nerviosa.

-Mira lo que quieras, no te sientas nervioso, los juguetes son para los niños- dijo el juguetero aún sonriendo.

La pequeña ratilla de ciudad se sintió más a gusto, una vez escuchó las palabras que el hombre acaba de emitir amigablemente, le dedicó la sonrisa más limpia que le había dedicado jamás a nadie y sobrevoló con la mirada todos los juguetes hasta que se posó sobre la caja sorpresa.

“Acércate, estoy aquí” decía silenciosamente la caja de sorpresas, no había viento, pero se movía nerviosamente hacia delante y hacia atrás.

El niño como hipnotizado, lanzó sus manos hacia la caja, primero de forma reticente, no sabía si realmente le estaba permitido tocar.

“Venga, solo un poco más, estoy aquí” seguía diciendo silenciosamente el juguete, ansioso porque le sacasen de ese sitio que antes era tan cómodo. Ahora sí se retorcía.

El niño todavía no se decidía, sintió un roce detrás suya, érale juguetero que le había dado un pequeño empujón.

-“Adelante, te está esperando nervioso”.

El niño le miró sin comprender, ¿Qué le estaba esperando? A él, nadie nunca le había esperado más que sus hermanos de la calle. No sabía qué hacer. El juguetero volvió a señalarle la caja.

El niño no cabía en si de estupefacción y gozo, ¿en verdad le daba permiso para tocarla?

“Vamos, ya tienes tu permiso, cógeme” seguía pensando el muñeco mudamente, cada vez más nervioso, dejó de moverse para invitar a que lo cogiera.

El niño al ver que el juguete había parado en su movimiento repentinamente, primero se asustó, pero se sobrepuso, y al tocar aquel juguete, sintió una extraña sensación. No lo entendía, no sabía qué era, pues nunca había sentido nada parecido.

El juguetero parecía que había entendido perfectamente, qué es lo que estaba ocurriendo.

-Es felicidad, alegría… no te asustes, disfruta de ella todo lo que te permita tu infancia. Coge el juguete y vete. Ya se que no podrás pagarme.

El niño ahora si que no entendía nada. Sus ojos estaban clavados en los del juguetero, buscando algún signo de engaño, no quería que ese juguete le costase entrar en la cárcel o algo peor.

Escudriñó unos instantes más el rostro de aquel señor que parecía inusualmente amable. “Vamos, estás elegido, seré tu juguete, sólo cógeme” seguía rogando silenciosamente el muñeco algo ansioso por la espera de que el niño le cogiera entre sus bracitos delgados fruto del hambre y la penuria.

Toda la acción que siguió a esos instantes, eternos para el juguete y de lucha titánica en el interior del niño, fueron como un relámpago. Al fin, siguiendo aquello que no sabría si considerar como consejo, orden, o concesión, cogió el juguete. Su mano pasó de posarse delicada y tímidamente en una de las caras a sujetar una de las bien limadas aristas. La otra pequeña manita asió el lado contrario de la caja, sostenida así en el aire por el tímido niño, que miraba alternativamente al juguete y al juguetero. Una nueva sonrisa de este le invitó a continuar.

-Vamos, que los juguetes no muerden, o al menos no suelen hacerlo –le dedicó un simpático guiño, y desde su privilegiada altura contempló sonriente la cara de felicidad de su creación, casi más que la del niño, por la incredulidad manifiesta que presentaba ante su situación.

“Genial, ¿ves? No era tan difícil” pensó el juguete, que ahora tenía una sonrisa mucho más amplia que la que en un principio le tallaran. Se movía sin darse cuenta adelante y atrás, llevado en volandas por un inquieto muelle.

Al fin se vio relegado al interior de su cajita. La pequeña mano del niño se posó con cuidado en su cabeza, y cuidando de no hundir su gorrito de tela multicolor lo colocó dentro, cerrando la tapa tras él. Volvió una última mirada al tendero, que seguía con la misma cara que antes, y al fin dirigió unos pasos inseguros hacia la puerta, que fueron ganando en confianza a medida que se iba reduciendo la distancia y aún no lo habían llamado ni detenido.

Nada más salir a la calle, una tromba de agua volvió a arremeter contra él, por lo que echó a correr de vuelta a algún lugar protegido de la intemperie. Lo primero que hizo, no obstante, fue guardar el juguete debajo de su ropa para que no sufriera daño alguno por culpa del agua, lo apreciaba demasiado para permitir que se arruinara de esa forma.

lunes, 11 de mayo de 2009


El sol, tartamudeando como un niño pequeño, se asomaba a la dentada boca que lo acogería hasta el día siguiente. A razón de nubes inquietas y traviesas sus rayos de sol oscilaban, como si quisieran realizar una demostración práctica y totalmente ficticia de la naturaleza ondulatoria de la luz. El cortinaje gris se iba coloreando más y más al sabor del agua evaporada. Iba asimilando las gotas que se escurrían desde el puerto. Destilaban la suciedad, ascendiendo puras a través de un mar de humos para reunirse con sus hermanas. Cuanto más amamantadas quedaban las nubes por su madre la mar, mayor parecía la tormenta, más amenazante su negrura de terciopelo, y más propenso el algodón a escurrirse en tromba de agua.

Todo esto lo veía desde su peculiar refugio, a través del perfecto cristal transparente. Simple pero eficaz, sin duda, le protegía de la amenaza constante y cada vez más inminente, pero al chico no. Sólo era una caja. Muchos podrían haberla llamado “una triste caja”, pero de triste no tenía más que de alegre. Se encontraba más a gusto que la mayoría en aquella pestilente ciudad. Simplemente hedía, no era desagradable una vez te acostumbrabas al olor de pescado podrido del enorme puerto, cuando concretabas que el sudor de los obreros era cantinela de cada mañana, junto con sus groserías. Que la higiene de las personas, hasta las nobles, no era suficiente con un baño de colonia que destrozaba el aire en una mezcla de olores, más tóxicos de lo ya usual. Que, en definitiva, era una ciudad como otra cualquiera, igual de sucia, y con el mismo número de personas que se molestaran mínimamente en limpiarla. Ninguna. Desde luego, era una de las ventajas de no tener nariz, que uno no se preocupaba por cómo olían las cosas. De hecho nunca había llegado a darse cuenta de que las cosas olían. Probablemente fuera una sensación extraña, descubrirse sin uno de los sentidos de toda la vida, pero cómo en su caso siempre había sido una carencia, no se había molestado por ello ni notaba la falta. Era una de las ventajas de ser un juguete. En aquél momento, estaba escondido. Bueno, escondido no era la palabra, era como una tortuga, escondida en sí misma. Era una preciosa caja de madera de roble. Perfectamente lisa, perfectamente pulida, perfectamente esmaltada con un barniz brillante que hacía relucir unas letras de imprenta bien delimitadas, de colores llamativos y aleatoriamente distribuidas. SALTÓN podía construir con sus letras, y así le solían llamar. Por supuesto que podía construir muchas más palabras, y bien orgulloso que estaba de ello, pero probablemente no se reconocería como TLOSAN, por mucho que existiera para él esa posibilidad. En ese momento, la A, la más importante, ejercía labores de inclinación además de nombrarle. Se asomaba levemente por debajo de esta, espiando con sus ojitos pequeños, dos botones perfectamente cosidos y a través de los que, milagrosamente, veía. Espiaba el mundo, siempre la misma parcela desde hacía días, y siempre era diferente. La gente cambiaba, el aire cambiaba, pero él era el mismo, y la tienda también lo era. Vio como la lluvia enturbiaba su cristal. Se difuminaba su visión con las primeras gotas, que parecían velar un mosaico de paisaje, compuesto de fragmentos y nubes borrosas de la refracción de la luz, resultado una curiosa pero muy bella imagen, encontrando en frente aquella pequeña taberna, que no podía competir en hermosa ni en llamativa con la tienda, pero que sin embargo recibía siempre mayor clientela. Cada vez tenía que asomarse más para poder contemplar bien el paisaje, ya que la lluvia se hizo insistente. Tanto era así, que cuando el niño apareció de súbito frente al telón de cristal, pegó un bote de la impresión. El bote fue totalmente literal, ya que de mostrar una sonrisa rematada a golpes de aguja había pasado al saltar todo su resorte y balancearse al son del muelle. Se quedó muy quieto, ni por un momento se le ocurrió moverse. El niño, que se había estado paseando toda la tarde por delante, que no debería haberle sorprendido, lo observaba con ojos como platos. No podía hacer más que mutilarse a sí mismo hasta que se le ocurriera qué hacer para paliar la incomodidad que sentía.

domingo, 10 de mayo de 2009

ratas


El pequeño, no salía de su asombro, dejo que cada una de las notas de aquella melodía acariciase sus sentidos, convirtiendo en algo delicado, su desdichado cuerpo. Comenzó asimismo, una ensoñación, en la que la princesa acariciaba su rostro, amorosamente, con un calor que nunca antes había podido sentir en las frías calles de la ciudad de nombre desdichado. Le cogía en brazos y juntos bailaban la melodía deleitándose con el sentir del amor de una madre que hacía tantos años que no podía experimentar.

Un ruido fuerte, de obreros que volvían del campo en busca de su merecido alimento, le sacó de la ensoñación que tanto le había hecho sonreír. Se dio cuenta, de que por mucho que le pesase debía continuar su trabajo si quería poder comer aquella noche. Sólo hacía una comida al día, pero esta era imprescindible.

Volvió a poner a la princesa con cuidado en su bolsillo, no quería que pudiera perderse aquella maravilla que no sabía como había llegado hasta él.

Las calles tenían ahora un sonido muy distinto. La sinfonía de la siesta era algo muy singular característico de la zona. El respeto era pulcro, incluso los niños habían acallado sus risas en señal de buena educación, o al menos eso parecía, porque allí estaba el grupo de niños más sucios de toda la ciudad… no es que fueran malos chicos, simplemente, el apelativo sucio describía perfectamente sus aspecto desgarbado y pobre.

Sus sonrisas infantiles, había adquirido un deje pícaro, a fuerza de tener que sobrevivir solos todos los días. Eran los desheredados, sin familia ni nadie que pudiera cuidarles, sólo se tenían en alguna medida los unos a los otros, respetando una cuidadosa jerarquía, en la que el líder era el niño más mayor, lo que significaba que había podido sobrevivir durante más tiempo, eso le daba respecto y credibilidad.

Llegó junto a ellos, el niño de ojos de agua marina. Su posición dentro de la jerarquía no era la más alta, pero casi, era el segundo niño más mayor del grupo. Como todos los días, se repartieron las calles, donde deberían mendigar hasta que cayese la noche, y una vez esto pasase, conseguir los víveres con las monedas que hubieran conseguido. Nunca era demasiado, y su alimentación carecía de lo más importante para sobrevivir, pero les servía para llenar el estómago y no caer muertos fruto del hambre y la pesadumbre.

El grupo que habían formado, siempre era un poco más ruidoso de lo que debían dado las horas en las que solían reunirse. Jared, intentaba hacerles ver que debían ser algo más calmados, pues… no sólo era el hambre el único peligro que acechaba en la gran ciudad para los niños como ellos. Sus ojos azules siempre les transmitían a los demás un halo de cariño que aplacaba en mucho las risas, haciéndolas un sordo ruido que no molestaría ni a una mosca. Sabían que lo decía por algo.

Eran a efectos prácticos, una pequeña familia, dispuesta a no perder la esperanza de seguir existiendo, Jacob, siempre se lo había dicho así. Jacob, el niño más mayor, a pesar de su juventud real, no tendría más de 12 años, era el consumado líder de la pequeña manada. Siempre escuchaba a Jared, pues había algo en él, capaz de hacer calmarse a la más fiera bestia con la que pudieran toparse.

Los más mayores, repartieron las calles, y después de su visita en la mañana, Jared, decidió que no le tocaba pasar de nuevo por aquel escaparate, no era justo pedir más de un milagro al día, o al mes, o en la vida. No quería nada más que lo que contenía su bolsillo, y quizás…que pudiera volver su madre, pero eso ya era demasiado pedir. El niño asignado para la zona, en esta ocasión fue uno de los más pequeños, sabía muy bien, que yendo por allí, lo único que haría sería deleitarse en el escaparate, pero se merecía un regalo, su cumpleaños había sido hace poco y todos deberían de poder disfrutar en cierta medida de su infancia robada el día que sus padres desaparecieron.

Los niños se dispersaron entre risas más altas ya que la siesta casi había terminado en la ciudad, y se dispusieron a buscar el sustento para su posterior alimentación. El pequeño Marko corrió con una ancha sonrisa en busca de la adorada calle. Llevaba meses esperando a que se la asignasen y por fin, ese día había llegado para su felicidad infinita. Incluso su sonrisa, había perdido el matiz cínico y pícaro que solía exhibir para convertirse en una sonrisa de sencilla niñez cándida.

viernes, 8 de mayo de 2009


El día había comenzado temprano, como todos los otros días. El sol asomaba perezoso por entre las lejanas montañas, mostrando una luz difusa que difuminaba el contorno de las cosas, convirtiéndolas en un sueño. De otro sueño sacaba el sol a la ciudad, que despertaba lentamente. Varios gallos comenzaron a coro a anunciar a los labriegos, y a cualquiera con una inquietud en sueños suficiente como para no ignorarlos, que amanecía, y que aquellas no eran horas para permanecer en la cama.

A los pocos minutos, el traquetear de los carros por las calzadas malamente adoquinadas, sino embarradas pese a la ausencia de lluvia del día anterior, siguió en la orquesta natural. Esta resultaba demasiado poco artística para los corazones y los músculos de los trabajadores, que no habían reposado lo suficiente en las escasas horas de descanso que Morfeo concede a los que cargan con el peso de sus propios hombros y los ajenos al trabajar.

Se sumaron como tercer instrumento las voces de las personas que comenzaban a poblar las calles. Resultaba un dibujo muy curioso el de la ciudad vista desde arriba. Por las calles, delimitadas por los edificios, iban apareciendo minúsculas personitas que se agrupaban lentamente en los lugares habituales. De estos nodos iba surgiendo el ruido que contribuía a hacer que la ciudad pareciese tal, y no un conjunto de fantasmales viviendas al amparo de un silencio incómodo. Chanzas, risas, ronroneos y gruñidos de mal humor y las primeras voces de los patrones eran las más populares cantinelas que relucían en la inmensidad de la, ya no, noche.

Una vez se desperezó el sol, la espontánea banda de música de deshizo en papel mojado y, finalmente, nada. Los sonidos pasaron a ser asimilados por la luz del día y se volvió plena la conciencia de una nueva jornada, siendo entonces los ruidos no adalides de la madrugada sino una minúscula parte de la musculatura diaria del conglomerado de edificios.

Bajando un poco se puede ver un zángano. Una hormiga poco trabajadora, ya que no tenía trabajo, que salía desde una de las casas más grandes. Se movía sin rumbo fijo, ya que daba vueltas de un lado a otro sin saber muy bien qué hacer. Se paraba algunos instantes en las esquinas, insistiendo a otras hormigas algo mayores, en otros casos corría o parecía saltar, dando mil vueltas y requiebros entre callejuelas varias.

El individuo en cuestión era un niño de unos ocho años. Llevaba una gorra que le venía muy grande, al igual que la camisa a cuadros blanca, si es que aún se le podía llamar blanco a eso, y roja, el chaleco negro deslucido y los pantalones que de puro marrón de barro no se adivinaba cómo podrían haber sido. Las ojeras colgaban de sus ojos como unas enormes pesas, pese a que se hubiera levantado mucho más tarde que la mayoría. La piel se escurría entre sus huesos como la mantequilla, tensa y áspera, nada delicada como cabría esperar para su edad. Deslucida por la falta de carne que la rellenaba, se pegaba entre las articulaciones y hacía que los pómulos de la cara dieran forma a la misma, haciendo temer el cadavérico aspecto que tendría el rostro sin dichos depósitos calcáreos. Lucían sus ojos sin embargo una curiosa luz, que hacía que el deslucido aspecto arriba mentado se confundiera con una mera fachada, una falsedad mal escondida por un mirar que le delataba con alguien más especial. Esculpidos sus ojos en aguamarina, ganarían una y mil veces a esta en valor por cómo se deslizaban atentos sobre todas las cosas, dejando correr su mirar claro y limpio como el agua en el horizonte de los objetos, cual cascada.

Se movía entre la gente con agilidad felina, desafiando a su frágil constitución para colarse entre los recodos más inverosímiles, arriesgándose a que un golpe mal dado truncara alguno de sus huesos. Pero conocía demasiado bien las normas de aquella ciudad para que eso le sucediese. Pedía de esquina en esquina, de persona en persona, con aquél aspecto lastimero y sus vertientes ojos acostumbraba a tener un éxito mucho mayor al de infinidad de pedigüeños mucho más añosos que él.

Aquél día se había ido deslizando sin darse cuenta, o quizá sin querer darse cuenta, hacia las afueras de la ciudad. Volaban sus pies sobre el barro, casi desnudos, pues aquél pedazo de tela no merecía el nombre de zapatos. Cruzó entre edificios que se sabía de memoria y por recodos que sabría doblar sin la ayuda de sus propios pies hasta acabar a escasos veinte metros de su destino. Indeciso, como siempre que llegaba allí, se quedó mirando desde lejos la tienda. Le dolía aquella presencia, pues adoraba todas y cada una de aquellas exquisiteces que veía allí, y que no le estaban reservadas. Se planteó dar media vuelta y aplazar por unos instantes el escrutinio silencioso del precioso escaparate, pero al final, como tantas otras veces, la curiosidad le pudo. Se asomó, abriendo el telón de sueños, a aquél cristal mágico que se interponía entre él y aquél sinfín de juguetes. Pelotas, muñecas, artilugios con muelles y sin ellos, un sinfín de maravillas, todas y cada una de ellas especiales, que le cautivaban. Pero si había alguna que destacaba sobre el resto, sin duda era aquella caja de música.

Era una dama muy bella, finamente esculpida en porcelana, que acostumbraba a estar guarnecida en una caja de madera de roble oscura, y nacarada con un dibujo geométrico indescifrable. Aquella cara, aquellos gestos le recordaban las pocas imágenes que de su madre tenía, y se la intentaba imaginar como una princesa, bailando en espera de su fugaz destino. La corona delataba su preciosidad sin límites, y su vestido no era, pese a su delicadeza, un instrumento más que del pudor mal entendido.

Mil veces se imaginó la melodía que aquella caja pudiera tener, pero nunca le convencía, nunca le cuadraba, y esa incertidumbre producía un desasosiego en su corazón que hacía que cada vez se acercara más a menudo a visitar aquella pequeña cajita de magia.

Al fin, resignado, dio media vuelta y voló en dirección a otras calles y otros bolsillos a quienes convencer de su desdicha no fingida. Tras recaudar unas mal desprendidas monedas, se decidió a volver a casa al tañido de un sol que moría lentamente, devorado por Apofis. De camino, guardando las manos en los bolsillos por la iniquidad de un frío naciente en los albores de una noche, sintió un objeto duro. Sorprendió, extrajo mano y objeto del cálido refugio, y descubrió no sin asombro, que allí se encontraba su princesa. Se detuvo al amparo de un portal, y durante una de las eternidades más escasas y deliciosas del mundo, se puso a escuchar aquella bendita melodía. Era cómo siempre se había querido imaginar la música, y nunca lo había logrado. La melodía que por primera vez hacía justicia a sus fantasías y quería prender una imaginación desbordada de bailes y gestas.