El sol, tartamudeando como un niño pequeño, se asomaba a la dentada boca que lo acogería hasta el día siguiente. A razón de nubes inquietas y traviesas sus rayos de sol oscilaban, como si quisieran realizar una demostración práctica y totalmente ficticia de la naturaleza ondulatoria de la luz. El cortinaje gris se iba coloreando más y más al sabor del agua evaporada. Iba asimilando las gotas que se escurrían desde el puerto. Destilaban la suciedad, ascendiendo puras a través de un mar de humos para reunirse con sus hermanas. Cuanto más amamantadas quedaban las nubes por su madre la mar, mayor parecía la tormenta, más amenazante su negrura de terciopelo, y más propenso el algodón a escurrirse en tromba de agua.
Todo esto lo veía desde su peculiar refugio, a través del perfecto cristal transparente. Simple pero eficaz, sin duda, le protegía de la amenaza constante y cada vez más inminente, pero al chico no. Sólo era una caja. Muchos podrían haberla llamado “una triste caja”, pero de triste no tenía más que de alegre. Se encontraba más a gusto que la mayoría en aquella pestilente ciudad. Simplemente hedía, no era desagradable una vez te acostumbrabas al olor de pescado podrido del enorme puerto, cuando concretabas que el sudor de los obreros era cantinela de cada mañana, junto con sus groserías. Que la higiene de las personas, hasta las nobles, no era suficiente con un baño de colonia que destrozaba el aire en una mezcla de olores, más tóxicos de lo ya usual. Que, en definitiva, era una ciudad como otra cualquiera, igual de sucia, y con el mismo número de personas que se molestaran mínimamente en limpiarla. Ninguna. Desde luego, era una de las ventajas de no tener nariz, que uno no se preocupaba por cómo olían las cosas. De hecho nunca había llegado a darse cuenta de que las cosas olían. Probablemente fuera una sensación extraña, descubrirse sin uno de los sentidos de toda la vida, pero cómo en su caso siempre había sido una carencia, no se había molestado por ello ni notaba la falta. Era una de las ventajas de ser un juguete. En aquél momento, estaba escondido. Bueno, escondido no era la palabra, era como una tortuga, escondida en sí misma. Era una preciosa caja de madera de roble. Perfectamente lisa, perfectamente pulida, perfectamente esmaltada con un barniz brillante que hacía relucir unas letras de imprenta bien delimitadas, de colores llamativos y aleatoriamente distribuidas. SALTÓN podía construir con sus letras, y así le solían llamar. Por supuesto que podía construir muchas más palabras, y bien orgulloso que estaba de ello, pero probablemente no se reconocería como TLOSAN, por mucho que existiera para él esa posibilidad. En ese momento,
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