miércoles, 13 de mayo de 2009


El juguetero se dio finalmente la vuelta. Como cada vez que tenía que despedirse de alguno de ellos, parecía cansado, como si hubiera perdido algo. Los hombros se le cayeron hacia delante, haciéndole parecer más bajo de lo que era. Aún así, era más grande que la mayoría, pero esto pronunciaba una incipiente edad que, erguido con normalidad no aparentaba haber gastado ya. Dirigió sus pasos hacia el interior, pensando en trabajar un poco en el taller, pero la campanilla sobre la puerta llamándole le detuvo en el último momento.

-¡Muchas gracias señor! –alcanzó a ver al niño perderse de nuevo por delante del escaparate de la tienda, y no pudo evitar volver a sonreír.

De nuevo se sentía con fuerzas, como antes. Pensó que quizá no necesitara trabajar para recobrarse, y que tenía fuerzas suficientes para aguantar tras el mostrador. Se sentó en un alto taburete que le permitía observar toda la tienda con comodidad.

-Bueno, hijos míos, me pregunto cuál de vosotros será el próximo en dejarnos. –suspiró con nostalgia-. Fue una pena que Dama nos dejara sin despedirse, pero supongo que era la única opción que tenía.

El niño ya estaba muy lejos de allí. Sin darse cuenta, había abandonado la zona que le tocaba para mendigar. De todos modos no creía que esperaran que llevara demasiado, sobre todo teniendo en cuenta que nunca había sido demasiado fructífera. De todos modos, siempre podría echarle la culpa al tiempo, como estaba seguro de que muchos otros harían. Muy poca gente que saliera bajo la lluvia tenía una moneda de más para ellos.

-Te encontraré algún lugar bonito, ya verás, no te separarás de mí –se palpó sonriente la barriga, en la zona geométricamente abultada que correspondía a su nueva y preciada posesión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario